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  OPINION  29 de enero de 2016
Un modelo productivo del pueblo para el hombre
Mariano Pinedo realiza un análisis profundo, documentado y a conciencia sobre uno de los dilemas del mundo actual: la economía capitalista, globalizada, hiperconcentrada y libremercadista.

Mariano Pinedo (44), abogado por la UCA, casado con Pilar González Fernández, padre de tres hijos, familiero, gran lector, muy peñero, fana de Independiente, y gran persona es el primer peronista del largo camino que ha recorrido la familia Pinedo en más de dos siglos en la vida política argentina. realiz

Mariano, con quien he establecido una querida relación personal, ya que nos une la coincidencia en dos pasiones vivenciales, el fútbol y la política, en esta oportunidad me acerca una nota de reflexión sobre la actualidad nacional, y diría mundial, como lo es reflexionar sobre el mundo de la economía con una visión humana y cristiana, que comparto con ustedes y espero puedan disfrutar como yo lo he hecho.

Daniel Devita

UN MODELO PRODUCTIVO DEL PUEBLO PARA EL HOMBRE

Por Mariano Pinedo[1]

La definición de estructurar un modelo productivo en torno a la búsqueda de realización de la persona y su familia, en lugar de orientar el mismo sobre la única premisa de maximizar la ganancia del empresario o la renta del sistema financiero, exige comprender y asumir un principio muy arraigado en la doctrina peronista: la política debe conducir a la economía y la economía servir al pueblo, ya que, como enseña el Papa Francisco en Laudato Si, “el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social”. 

Es allí en donde cobra sentido proponer y llevar adelante un debate serio y profundo, en todos los ámbitos en los que la política pueda cumplir su rol de organizar, con criterio de justicia y armonía, las fuerzas transformadoras de un pueblo. En ello es en donde radica la principal responsabilidad de los cuadros de nuestro movimiento y es por eso que entiendo importante hacer algunas reflexiones al respecto. 

En primer lugar, es importante enmarcar brevemente la cuestión en base a nuestro propio bagaje doctrinario, que es rico y abundante en la materia, como es el caso de lo planteado por el General Juan Perón en su Comunidad Organizada (Congreso de Filosofía en Mendoza – 1949) y en tantos otros documentos, discursos y mensajes en los que ya observaba, en los años 40 y 50, la crisis grave que presentaría el sistema global, de no asumir una posición humanista y cristiana en el diseño de sus sistema de producción. 

En la misma línea, pero adecuando el enfoque a las nuevas y bien distintas circunstancias mundiales, Cristina Fernández de Kirchner ha analizado en distintos foros internacionales la importancia de fortalecer las economías nacionales, dotarlas de mayor soberanía y orientar las fuerzas productivas, desde la política, para que las mismas no sean colocadas a merced de los intereses financieros globales (pero no universales, diría el Papa Francisco), quienes en nuestros días ya disputan palmo a palmo con la soberanía popular y con los Estados, el control de los territorios nacionales, los recursos naturales y la utilización del hombre como un factor más de la producción, incluso por debajo en escala de valores al dinero o el capital. Esta disputa es, sin dudas, la que tanto el Papa como las mismas Naciones Unidas definen como una Tercera Guerra Mundial ya plenamente desplegada en el escenario internacional. Una guerra mundial que opera hacia adentro de los estados nacionales, en el corazón de su institucionalidad y hasta se debate en el interior de la dignidad de la persona humana, último bastión de resistencia frente al imperio del dinero.

Todo nuestro desvelo, como proyecto político devenido de una doctrina enraizada culturalmente con el pueblo y para el pueblo, está orientado a hacer de la Argentina una Nación Grande (de allí que jamás dejamos de soñarnos unidos en lazos solidarios con el resto de las naciones sudamericanas, como parte de una sola Patria Grande) y de su pueblo, hombres y mujeres felices, realizados personal y comunitariamente. Siempre el hombre, la mujer la familia se encuentran ubicados en el centro protagónico del hecho político, social, económico, cultural y, por lo tanto, también del hecho productivo. No se trata de un proceso encapsulado en una elite iluminada, ni mucho menos en una ideología cerrada y dogmática.

Es a partir de esta concepción, que entendemos que la política ordena a la economía y que ésta, como ciencia que es, tiene por objeto satisfacer las necesidades de cada persona y de toda la comunidad; no sólo de un grupo reducido que tenga enormes ganancias, a costa de la pobreza estructural y la exclusión de los pueblos. 

Siempre en el centro de nuestra acción, en el corazón de nuestro pensamiento, está el hombre y su relación con la comunidad. Un hombre que siempre está en camino y que no puede ser cercenado en esa búsqueda que intenta desentrañar la naturaleza de sus relaciones “con su principio, con sus fines, con sus semejantes y con sus realidades mediatas”[2]. Ese hombre, capaz de formarse, de trabajar, de reflexionar en libertad sobre la enorme trascendencia de su aporte para la construcción de la comunidad, es el que no podemos permitir que se utilice como una mera mercancía o sólo en cuanto factor de la producción. La fuerza transformadora de la naturaleza, para resolver las necesidades del hombre, la lleva adelante el propio hombre. No está ni debe estar ausente del hecho productivo; sobre todo por su dimensión ética y su convicción comunitaria. Un conductor tan evidente como Juan Perón no escatimó reflexiones en torno a ello: “lo que puede devolver al hombre la actitud combativa es la fe en su misión, en lo individual, en lo familiar y en lo colectivo”[3]. 

El Papa Francisco, en su Evangelii Gaudium, nos pone luz en esta idea, tomando dimensión de lo que podría ser un concepto absolutamente revolucionario a la hora de definir un modelo productivo de raíz social cristiana: “Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.”[4]

Es por eso que el General Perón, en los difíciles tiempos de la post guerra, donde todo había sido puesto en crisis y la humanidad había sufrido, en millones de muertos las consecuencias de una concepción materialista del hombre, advertía sobre la importancia de que el pensamiento filosófico ponga armonía y acompase el progreso material con el espiritual. Allí Perón planteaba en profundidad que el peligro de la época tenía que ver con que la transformación en el campo de lo material que traía el capitalismo, tenía que ver con “una revolución total, grandiosa en sus aspectos materiales, pero tal vez mal acompañada de una visión correcta de las perspectivas de fondo”[5]. Ningún número puede cerrar, sin el hombre adentro, como le gusta insistir a Cristina Fernández. El hombre no puede ser jamás un factor de ajuste para que algunos pocos surjan victoriosos en sus beneficios económicos o desvelos ideológicos. 

Emociona por ello leer al Papa Francisco, cuando en la misma línea nos dice que “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien”[6]. No nos resulta ajeno ese mensaje. Nos hace viajar involuntariamente al fondo de nuestra formación doctrinaria y escuchar con todo respeto por la trascendencia de un líder mundial como es Francisco al General Juan Domingo Perón cuando analizaba la misma cuestión: “si la felicidad es el objetivo máximo y su maximación una de las finalidades centrales del afán general, se hace visible que unos han hallado medios y recursos para procurársela y que otros no la han poseído nunca. Aquéllos han tratado de retener indefinidamente esa condición privilegiada, y ello ha conducido al desquiciamiento motivado por la acción reivindicativa, no siempre pacífica, de los peor dotados. El egoísmo estaba destinado, acaso por designio providencial, a transformarse en motor de una agitada edad humana. Pero el egoísmo es, antes que otra cosa, un valor-negación, es la ausencia de otros valores, es como el frío, que nada significa sino ausencia de todo calor. Combatir el egoísmo no supone una actitud armada frente al vicio, sino más bien una actitud positiva destinada a fortalecer las virtudes contrarias; a sustituirlo por una amplia y generosa visión ética”[7].

No quiere decir esto que debamos renunciar a un modelo de producción que evolucione materialmente, incrementando sus potencialidades. Muy por el contrario. Hoy el mundo tiene el enorme desafío de resolver el alimento a millones de hermanos y, a pesar de que es imperioso pensar este problema desde el prisma de la justicia distributiva, desde la resolución de terribles e inadmisibles desigualdades, no es esto óbice para seguir profundizando en métodos que incrementen la producción. Pero no a costa de generar mayores desviaciones y desigualdades: “al pensamiento le toca definir que existe, eso sí, diferencia de intereses y diferencia de necesidades, que corresponde al hombre disminuirlas gradualmente, persuadiendo a ceder a quienes pueden hacerlo y estimulando el progreso de los rezagados. … no obstaculizando el avance del progreso, no condenando las sagradas rebeldías, pero oponiendo un muro infranqueable al desorden.[8]” 

La tarea a llevar adelante en la Argentina, con la convicción de estar aportando con ello a un verdadero y profundo cambio en el corazón de una cuestión que los grandes líderes vieron y ven como la matriz de la injusticia social, es la de colocar al hombre como ser comunitario, ético, solidario, trascendente y arraigado a un entorno territorial y cultural determinado como promotor de un nuevo modelo de desarrollo productivo.

Ello permitirá resolver problemáticas que devolverán al hombre la dignidad que le fue quitada cuando el motor del proceso productivo fue el dinero y la despersonalización de una visión egoísta y materialista de la economía. 

La ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en reiteradas oportunidades pero sobre todo en el discurso sobre la Soberanía Alimentaria (Reunión G-20 en Cannes 2011), plantea para la Argentina una política bien concreta que asume el desafío de enmarcar la solución, o mejor dicho, la propuesta alternativa para alcanzar una matriz productiva potente, pero a la vez justa, que no descarte al hombre en toda su plenitud. Asumiendo las palabras del Papa Francisco, “el crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo”[9]. Esa propuesta fue la industrialización de la ruralidad. Esto es, mayor tecnología, mayor productividad, pero logrando el agregado de valor a cada uno de nuestros productos, desarrollando los distintos eslabones de la cadena productiva en el lugar de producción. Se trata de una visión macro, pero de impacto territorial; es decir, con impacto social, con mirada en el hombre que vive, crece y se realiza en un determinado territorio. 

Nótese que la visión planteada por la ex presidenta, además de atender una problemática poblacional determinante para nuestro futuro, como es el arraigo de nuestras familias en sus lugares de origen, resuelve al mismo tiempo un problema de competitividad esencial en cualquier análisis productivo, que es el tema de la logística. Es por ello que Cristina Fernández lo plantea como “uno de nuestros principales objetivos, no solamente sociales sino también además económicos”.

La potencialidad productiva de la Argentina, orientada en una matriz diferenciada que no produzca sólo materias primas, debe re plantear seriamente su organización logística. Y también incluir en ello, además de la infraestructura, a las corrientes de migración interna, teniendo en cuenta a los trabajadores de esa nueva ruralidad industrializada y auténticamente federal. Estaremos hablando de un nuevo tipo de trabajador en vastas zonas de nuestro interior productivo. Familias enteras que se radicarán en sus pueblos de origen, que podrán y deberán tener el derecho al acceso a la tierra y a la vivienda, que podrán y deberán aspirar a un trabajo formalizado, estructurado en empresa, calificado en cuanto a los nuevos requerimientos de formación y de conocimiento; trabajadores que convivan con la innovación, con las nuevas tecnologías, que se capaciten en escuelas, terciarios y universidades que orienten su curricula a la potencialidad productiva de cada región y que se radiquen en cada uno de los pueblos que lo demanden. Como contra partida, ese trabajador enaltecido en su dignidad, podrá exigir el pleno cumplimiento de sus derechos y se organizará sindicalmente conforme a las nuevas tareas y especialidades que demande esta ruralidad industrializada. 

Ese nuevo trabajador industrial, con arraigo en su pueblo, con “techo, tierra y trabajo” (las tres T que el Papa Francisco identificó como derechos sagrados) en su lugar de origen, va a producir con una responsabilidad muy distinta y un mayor compromiso. En esos ámbitos de cuidado mutuo, se puede discutir y resolver, sin tanta abstracción teórica, temas que hacen a la sustentabilidad de un medio ambiente que los tiene como protagonistas directos; se puede comprender con mayor claridad lo que significa seguridad alimentaria.

Si se piensa que nuestros pueblos producen alimentos para 400 ó 500 millones de personas en el mundo, no será poco relevante que adoptemos sistemas de producción amigables con el ambiente y que protejan la seguridad de los alimentos que producimos. Los dirigentes políticos en cada pueblo de la Argentina deben tomar dimensión de la enorme responsabilidad que se tiene a la hora de implementar este tipo de políticas. La cuestión del trabajo, de la innovación tecnológica, del cuidado del ambiente o de la seguridad alimentaria no se resuelve en las grandes salas de los centros del poder mundial. Allí se trabaja en el sentido contrario. “Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común.”[10]

La organización de nuestras comunidades en esta nueva visión productiva puede configurarnos como verdaderos ámbitos de resistencia a la política globalizada de avasallar al hombre sobre la base de la apetencia de dinero. Volviendo a Perón y su Comunidad Organizada: “Lo que caracteriza a las comunidades sanas y vigorosas es el grado de sus individualidades y el sentido con que se disponen a engendrar en lo colectivo. A este sentido de comunidad se llega desde abajo, no desde arriba; se alcanza por el equilibrio, no por la imposición.”[11] 

Si tomamos en cuenta, por ejemplo, el desarrollo en materia de cooperativas, “que es la forma más social que podemos abordar nosotros en una economía capitalista”[12], vemos que algunas le están disputando la comercialización a las grandes cerealeras, a las grandes exportadoras. Este podría ser un importante punto de partida para identificar a los actores organizados de esta nueva ruralidad. La cooperativa es una experiencia exitosa en la Argentina en materia de producción, de inversión tecnológica y de inversión productiva.

Para terminar de enfocar los cimientos de un nuevo modelo productivo nacional, del pueblo y para el hombre, creo que resulta importante rescatar las palabras del Papa Francisco en la reciente gira sudamericana por Ecuador, Bolivia y Paraguay de manera muy particular en el discurso dirigido a los movimientos populares en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, que vienen a coronar dos documentos de enorme riqueza antropológica, social y religiosa, como fueron la exhortación apostólica Envangelii Gaudium y las más la reciente encíclica Laudato Si’. Sobre ellos también apoyaremos nuestra humilde reflexión práctica.

Es indudable que el sistema productivo actual tiene raíces filosóficas y morales que además se retroalimentan. El aparente éxito arrollador del capitalismo en materia de producción de bienes y servicios, al menos en sus aspectos materiales, consolida su base filosófica como verdadera para muchas personas. De allí la inserción del liberalismo. Por ello la importancia de anteponer otro sistema de valores, que además se traduzca en nuevas formas de lograr avances en lo productivo y en lo económico. De ese modo se buscará evitar no sólo “el fenómeno de la explotación y de la opresión” sino la exclusión. “Con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son explotados sino desechos, sobrantes.”[13]

Un sistema de producción orientado a la generación de empleo, fomentando el arraigo a partir del acceso a la tierra y a la vivienda, la generación de polos educativos que consoliden el agregado de valor, la innovación tecnológica y la calificación de la mano de obra (es decir de las personas), es un sistema que incorpora esos “desechos” de los que habla el Papa Francisco y los hace protagonistas de su propia felicidad.

Es, como decíamos al principio, un sistema en donde no se admite la autonomía absoluta de los mercados, porque se basa precisamente en la política que orienta a la economía. Las ideologías que sirven de base a esta economía del descarte, son las que “niegan el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. … En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.”[14]

Por último, es menester hacer algunas reflexiones que impactan en el modelo productivo, desde la mirada del cuidado de la casa común. A los peronistas no nos es ajena esta preocupación, ya que todos recordamos el planteo adelantado y de profundas raíces filosóficas que hiciera el General Perón, en su Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo, en el cual el líder el justicialismo cree “que ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de los recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobre-estimación de la tecnología y la necesidad de invertir de inmediato la dirección de esta marcha, a través de una acción mancomunada internacional”[15].

De ese modo llegamos a 2015 y un Papa argentino viene a elaborar una encíclica dedicada específicamente a enfrentar la degradación del medio ambiente desde su raíz; tal es la tremenda importancia que la cuestión tiene hoy para el hombre. Laudato Si es un llamado a la humanidad, que define con claridad la necesidad de “tomar conciencia (para) realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo”, identificando como causa indudable del drama medio ambiental que vive el mundo “al actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas”.[16]

El Papa Francisco no duda en plantear como parte de los problemas de nuestro medio ambiente a los componentes sociales del cambio global: “los efectos laborales de algunas innovaciones tecnológicas, la exclusión social, la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía y de otros servicios, la fragmentación social, el crecimiento de la violencia y el surgimiento de nuevas formas de agresividad social, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, la pérdida de identidad. Son signos, entre otros, que muestran que el crecimiento de los últimos dos siglos no ha significado en todos sus aspectos un verdadero progreso integral y una mejora de la calidad de vida. Algunos de estos signos son al mismo tiempo síntomas de una verdadera degradación social, de una silenciosa ruptura de los lazos de integración y de comunión social”[17].

Todo análisis que hagamos sobre los modelos productivos y de consumo, colocando en el centro la realización de la persona, tal como lo planteara Cristina Kirchner en el G-20 (entre otras cientos de oportunidades), debe contemplar la cuestión ecológica, atendida desde la perspectiva humana; es decir, como un auténtico planteo social, inter generacional, que sea presidido por el concepto de justicia y, de ese modo “escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”[18], poniendo en crisis el mito del progreso indefinido y considerando la necesidad de un cambio de fondo, con fundamento en razones éticas y modélicas. 

Se trata entonces de volver a poner a la economía al servicio del hombre, en términos de la Comunidad Organizada y no dejarse llevar por un pretendido dominio “del paradigma tecnocrático” para volver al equilibrio de “una justa dimensión de la producción, una mejor distribución de la riqueza, un cuidado responsable del ambiente o los derechos de las generaciones futuras”[19]. 

 

 

 

 

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[1] Presidente del Bloque de Concejales del FPV en San Antonio de Areco - Militante Peronista

[2] Juan Domingo Perón – La Comunidad Organizada

[3] Ob. Cit.

[4] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium

[5] Juan Domingo Perón – La Comunidad Organizada

[6] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium

[7] Juan Domingo Perón – La Comunidad Organizada

[8] Ob. Cit.

[9] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium

[10] Ob. Cit.

[11] Juan Domingo Perón – La Comunidad Organizada

[12] Cristina Fernández de Kirchner – Discurso sobre Soberanía Alimentaria en Cannes (Reunión del G-20): noviembre de 2011

[13] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium

[14] Ob. Cit

[15] Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo – Madrid, 21 de febrero de 1972.

[16] Encíclica Laudato Si – Papa Francisco

[17] Ob. Cit.

[18] Ob. Cit.

[19] Ob. Cit

 

 



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