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  POLITICA   29 de agosto de 2015
Voto Electrónico: según expertos internacionales, ni ahora, ni nunca
Países como Alemania, Holanda, Austria, Israel, entre otros, ya descartaron el sistema, pero en Argentina reclaman su implementación. El único problema es que el voto electrónico no es electrónico. Es informático. (recomendamos ver el video adjunto luego de leer la nota)

En los últimos años, cada vez que tenemos un domingo de elecciones, sobrevuela el debate sobre el voto electrónico y no son pocos los que piden a viva voz su urgente implementación. (recomendamos ver el video adjunto luego de leer la nota)

Cada vez que una mesa se demora, o que tarda un rato el conteo, aparece la propuesta de usar voto electrónico como solución a todos los problemas del acto electoral. Todos estos discursos se montan sobre estrategias de marketing que profundizan muy poco en las implicancias de semejante cambio en el sistema electoral.

Pero se olvidan que en Holanda dejó de usarlo en 2008, Alemania lo declaró inconstitucional en 2009 y en Brasil, el secreto de las urnas fue vulnerado por expertos en seguridad informática. La integridad y el secreto del voto entran en riesgo con estos sistemas que, además, alejan a la ciudadanía de la capacidad de auditar el acto fundamental del sistema democrático.

Desde hace varios años, en Fundación Vía Libre decidimos trabajar activamente en una campaña que advierta a la ciudadanía sobre los riesgos de esta ilusión (bajar libro en .pdf). Existen numerosas razones para oponerse a la implementación del voto electrónico, entre ellas podemos destacar:

Dificulta la participación ciudadana: en cada acto electoral, los ciudadanos estamos comprometidos a ejercer nuestro derecho a emitir el sufragio, pero también tenemos el derecho a controlar y auditar el acto electoral. Este derecho de auditoría es el primero que perderemos a la hora de incluir urnas electrónicas en la emisión del voto, ya que sólo expertos en electrónica e informática estarían capacitados para hacer este tipo de control, que implica un nivel de complejidad muy alto.

Esta es una de las razones que dieron fundamento al Fallo del Supremo Tribunal Constitucional de Alemania que en 2009 , en una resolución ejemplar, declaró inconstitucional y prohibió el uso de urnas electrónicas en ese país. El Constitucional Alemán indicó que las elecciones son un acto público y que por tanto, deben ser comprendidas por cualquier ciudadano independientemente de su formación. Implementar voto electrónico sería dejar que la democracia salga de manos de los ciudadanos y quede bajo el control de una élite.

Pone en riesgo el secreto del sufragio: los sistemas electrónicos incorporan al acto electoral algunas características que lo hacen más vulnerable a la violación del secreto. De hecho, en Brasil, país que muchas veces es tomado como ejemplo de uso de estos sistemas, el secreto del voto fue vulnerado de forma rápida, sencilla y económica por un equipo de investigadores que logró identificar el sufragio de un votante mientras se usaba una urna electrónica.

La posibilidad de vulnerar el secreto del voto es, además, la razón fundamental por la cual Holanda dejó de usar urnas electrónicas y volvió a votar en papel a partir del 2008. Lo cierto es que cada vez que se promueve el voto electrónico, se argumenta que ayudará a terminar con técnicas clientelares como el voto en cadena. Si bien es cierto que el sistema puede impedir algunas de estas artimañas, la base del clientelismo político es la posibilidad de identificar voto y votante, problema que el voto electrónico no soluciona sino que además, empeora.

Pone en riesgo la integridad del voto: otro de los aspectos centrales del uso de sistemas informáticos para emitir votos es a desmaterialización del sufragio, tal como ocurre en Brasil, donde la emisión electrónica impide el recuento de votos y obliga a confiar de manera ciega en las tecnologías implementadas y en los encargados de la implementación.

Privatiza el acto fundante de la democracia: las implementaciones de voto electrónico disponibles en el mercado son, esencialmente, soluciones propuestas por el sector privado. Es decir, la implementación del acto electoral será tercerizada en manos de alguna empresa, lo que constituye un traslado del acto público esencial de la democracia a manos de una empresa. Son varios los problemas emergentes de un proceso de esta naturaleza. El primero es que la ciudadanía no tiene ninguna capacidad de control ni tiene por qué depositar su confianza en nadie: ni en los partidos, ni en el tribunal electoral, ni en las empresas. En los EEUU, donde desde hace muchos años se viene cuestionando el proceso de votación electrónica, se sabe que al menos dos de las tres más grandes empresas proveedoras de urnas tienen vínculos directos con el Partido Republicano, incluyendo en algunos casos la participación accionaria por parte de políticos de alto nivel.

En otros casos, tal como el que ocurrió en Salta, la empresa proveedora de las urnas cuenta con una patente sobre el sistema electoral utilizado , por lo que el sistema no sólo es privado, sino que además la patente vigente hasta el 2024 le otorga a la misma el monopolio sobre su implementación. Este aspecto no es menor, sobre todo cuando en los EEUU, donde el voto electrónico se usa de manera amplia, muchas empresas proveedoras de urnas argumentaron violación de propiedad intelectual cuando investigadores independientes pretendieron auditar los sistemas usados en elecciones vinculantes.

Son muchas las razones para oponerse a la implementación de voto electrónico. La fe ciega en los avances de la modernidad nos hace olvidar que las computadoras son equipamientos programados por humanos, diseñados para procesar información, para copiarla y manipularla con extrema facilidad. No existe sistema de voto electrónico capaz de asegurar la integridad, secreto y transparencia del acto electoral, no existe en teoría y tampoco en la práctica.

Cuando hablamos de votaciones, el apuro, la rapidez y la supuesta modernidad no pueden ocultar los factores más importantes del proceso: la participación ciudadana, la integridad y el secreto del sufragio como elementos esenciales de todo acto electoral.

La especialista Beatriz Busaniche, explicó que la “boleta electrónica es voto electrónico” y denunció que fue violada “la ley electoral de la Ciudad de Buenos Aires dice que hacen falta las 2/3 partes del voto de la legislatura y acá se impuso con un decreto de Macri”, y “no es inocente, la diferencia fue un ardid para imponerlo en la Ciudad de Buenos Aires”, explicó

Y agregó: “La idea de que vamos a ir hacia eso (voto electrónico), la experiencia internacional dice todo lo contrario, en países como Holanda, Alemania y Austria que han usado voto electrónico se ha dejado de usar” , y explicó que “en Holanda se abandona en 2008 luego que un grupo de especialistas demostraran y denunciaran que el sistema permitía violar el secreto del voto electrónico.”

Busaniche reveló que el tribunal electoral brasileño invitó a Hackers que “también lograron violar el secreto del voto”, y explicó que el secreto del voto, es lo primero que hay que asegurar para evitar el clientelismo.

“En Israel, el sistema que se usa en Argentina fue descartado” y allí “probaron que se puede `quemar´ una urna de forma electrónica, al quemar el chip” e “Israel nunca lo usó porque hasta se podía ver como avanzaban las urnas”.

También en Alemania, explicó la especialista, “descartaron el sistema en 2009 por inconstitucional, porque el ciudadano de a pie no puede fiscalizar todo el proceso” y “ambos reparos aplican al voto electrónico que se usó en Buenos Aires.”

“No es posible garantizar la confiabilidad de la empresa”, recomendando el trabajo `Hacking democracy´ de HBO, donde se verifica la connivencia del Partido Republicano ya que “senadores de ese partido eran accionistas de la empresa”, indicó.

La especialista dijo que “nosotros no sabemos quien es el señor Angelini que ofrece el servicio en la Argentina” y se preguntó “¿Cómo sabemos a quien le estamos dando la llave del sistema electoral? ”

“La irresponsabilidad de los medios de comunicación con este tema nos tiene abrumados”, remató Beatriz Busaniche.

En Abril de este año, el diario Perfil, publicó una extensa nota en la que comenzaba señalando que "Moderno. Y ágil. Y transparente. Actualizar nuestro sistema electoral —dejando atrás las conocidas y problemáticas boletas de papel e incorporando en su lugar computadoras— parece dotarlo instantáneamente de estas cualidades. De algún modo coinciden en esto no solo la mayoría de las personas, sino incluso políticos de la más amplia gama ideológica. Las computadoras, a través de todos estos años, nos han traído muchos beneficios. Sería una perogrullada intentar enumerarlos: los disfrutamos por todas partes en nuestra vida diaria."

Es por ello que se hace difícil decir que no, que votar usando computadoras no es una buena idea. En un mundo donde la gente está dispuesta hasta a registrar los latidos de su corazón con una computadora para canjearlos por descuentos en ropa deportiva, parece el planteo de un conservador anacrónico. Pero no cualquier uso de la informática es positivo, ni cualquier lugar es el adecuado para colocar un sistema de este tipo.

En un sistema republicano, el ciudadano debe poder controlar todos los pasos esenciales de la elección sin tener conocimientos técnicos especiales. Estas son, prácticamente, las palabras pronunciadas por la Corte Constitucional de Alemania –el equivalente a nuestra Corte Suprema de Justicia– en 2009, al declarar inconstitucional un sistema de voto electrónico. ¿Qué ocurre si esto no se cumple? Pues que el ciudadano común no tiene más remedio que confiar en la palabra de su Gobierno, de una empresa o, en el mejor de los casos, de un grupo de técnicos capacitados que le asegurarán que el sistema funciona correctamente.

Ahora bien, ¿qué significa "correctamente" cuando hablamos de elecciones en un sistema republicano como el nuestro? Que debe garantizar —tanto como sea posible— simultáneamente dos cosas: exactitud (que la voluntad del votante se vea reflejada en el resultado) y secreto (que nadie pueda saber a quién votó alguien). Lo primero es evidente para todo el mundo, en tanto que lo segundo suele requerir alguna explicación adicional.

Si alguien puede saber a quién votó otra persona, puede ejercer poder sobre su decisión, ya sea premiándolo o castigándolo. Imagínese el lector en víspera de elecciones, sabiendo que todas las encuestas dan como ganador a un candidato, pero teniendo intención de votar por otro. Imagínese además que tiene una fuerte sospecha de que el secreto del voto pueda ser violado. Ejercer plenamente su voluntad pasaría a ser un acto de valor. Quizás en los próximos años podría necesitar de un crédito, de una moratoria, de algún tipo de exención impositiva, y el hecho de figurar en una lista de personas que votaron por la oposición no lo favorecería. La garantía de secreto hace a la diferencia entre querer votar por un candidato y animarse a hacerlo.

Un sistema basado en la confianza en terceros (el Gobierno, una empresa o una elite técnica) no da garantías. Sólo da la posibilidad de creer o no creer en él. Y es muy fácil ceder ante la duda, si nuestro bienestar personal y el de nuestra familia están en riesgo.

Pero, ¿no confiamos nuestro dinero y hasta nuestras vidas en sistemas informáticos? No, no lo hacemos. Usamos cajeros y homebanking para mover nuestro dinero, pero al hacer un movimiento importante seguramente conservaremos el número de comprobante hasta asegurarnos de que todo ha ido bien. Usamos sistemas informáticos en nuestros automóviles, pero lejos estamos de dejarlos conducir despreocupadamente. Y todo esto, aún cuando podemos suponer que tanto los fabricantes de cajeros como los de automóviles no harán ninguna manipulación para que sus productos se comporten de forma indeseada. ¿Podemos asegurar esto cuando hablamos de un sistema electoral? Claramente, no. 

En el mundo físico tenemos bastante control. En el sistema predominante en nuestro país —el de boletas partidarias— podemos tener la certeza de que nadie nos espía al introducir el voto en el sobre. Podemos asegurarnos de que no somos víctimas de una falsificación, consiguiendo la boleta de antemano. Podemos cubrir el sobre con nuestras manos hasta introducirlo en la urna, de modo de impedir que el color de la boleta se trasluzca.

Cuando hay una computadora de por medio ya no podemos tener ese control. Así lo descubrieron en Holanda en 2006 —después de una década—, cuando un grupo de informáticos mostró cómo a 25 metros de distancia —y usando equipamiento accesible y barato— podía saberse a quién estaba votando alguien en la computadora usada a tal efecto. Y la lección también sirvió a otros países: la falla del sistema holandés no se debió a una característica particular, sino al análisis de emisiones electromagnéticas que produce cualquier computadora (tal como mostró un investigador, en sólo veinte minutos, utilizando las computadoras de votación de Brasil).

"La clave está en auditar el sistema correctamente", proponen algunos. Aún si fuese posible la auditoría (y disculpe el lector la enumeración de términos técnicos) del código fuente del programa de votación, el sistema operativo y los controladores de dispositivos; del compilador y todas las bibliotecas utilizadas; y del hardware y el firmware de la computadora, los dispositivos de comunicaciones y los sistemas de impresión, aún restaría definir procedimientos de control para garantizar que los sistemas reales desplegados el día de la elección se corresponden exactamente con lo previamente auditado. Y aún así, para el ciudadano común sería confiar en la palabra de una elite.

Así de difícil es estar seguros de que una computadora hace sólo lo que dice su fabricante y lo hace bien. Por más que su uso resulte simple, práctico y convincente. Ni Danny Glover ni Jimmy Carter —por citar a dos celebridades que son referidas como grandes avales al sistema de votación electrónica venezolano— son expertos en seguridad informática, ni mucho menos.

Lápiz y papel. Sí, una boleta de papel —entregada en mano por el presidente de mesa al votante—, con una grilla mostrando los distintos candidatos y un espacio al lado de cada uno para que el votante ponga una marca en el elegido.

Como en Córdoba, Santa Fe, Chile, Holanda, Finlandia y Reino Unido, entre otros lugares. No hace falta —y un verdadero sistema republicano no tolera— nada más complejo que eso. Y luego, sí, la informática aplicada a lograr que el proceso de escrutinio provisorio (del que participan el presidente y los fiscales en la mesa luego de las 18 horas, y los ciudadanos ávidos de información hasta bien entrada la noche) resulte tan claro y transparente como sea posible. Allí la informática tiene mucho que ofrecer: desde sistemas de escaneo óptico para leer las boletas (siempre con ojos humanos controlando el proceso), hasta sistemas de publicación de resultados por mesa (y no por distrito, como se hace en un primer momento) que permitan multiplicar por miles los fiscales, y también que cualquier programador desarrolle herramientas de software para escudriñar entre las mesas cargadas buscando anomalías.

Un sistema informático lejos está de poder ser transparente. E incorporar tecnología acríticamente no es modernidad: es peligroso y puede resultar extremadamente caro. Y no sólo en términos económicos, sino en el costo que puede ocasionar disminuir el poder del votante en el acto electoral, con la sola promesa —una vez examinadas las reales ventajas de votar con computadoras en vez de con lápiz y papel— de obtener resultados provisorios un par de horas antes de lo acostumbrado.

Adermás, recomendamos la lectura del artículo de Ariel Torres para La Nación, publicado el 11 de Julio de 2015.

 

fuentes: perfil.com, lanacion.com.ar, Radio Nacional, Radio Nacional Tucumán, Hacking Democracy, Funcacion Via Libre



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